Cuando la tierra tiembla, el cielo ruge: el retorno del castigo divino
Publié le 13 Septembre 2026
Por Mario Scolas — Last Night in Orient
«El hombre prefiere aún la nada a la ausencia de sentido.»
— Friedrich Nietzsche, La genealogía de la moral
Resumen: Ante las crisis y las catástrofes naturales, persiste la tentación de ver en el caos un veredicto celestial. Apoyándose especialmente en el caso de Colombia, este artículo analiza la resurrección de este prisma punitivo, hábilmente instrumentalizado por los movimientos evangélicos en el centro de las «guerras culturales» contemporáneas.
En los periodos de decadencia percibida, cuando las instituciones vacilan y el tejido social se deshilacha, el espíritu humano experimenta una imperiosa necesidad de sentido. Ante el caos, la incertidumbre y las tragedias que golpean a ciegas, no es raro que los temperamentos más rigoristas exorcicen la angustia colectiva convirtiendo las desgracias de una nación en castigos del Cielo. Ya se trate de conflictos armados, de colapsos económicos o de cataclismos, la explicación a través de los pecados colectivos constituye un invariable antropológico que atraviesa las eras, desde las imprecaciones de los profetas bíblicos hasta las procesiones de flagelantes en la Edad Media.
Sin embargo, lejos de limitarse a los manuales de historia, este prisma ancestral resurge hoy con una virulencia inédita en ciertas esferas religiosas contemporáneas. En América Latina, durante las tragedias recurrentes —como los sismos devastadores que sacuden regularmente a Colombia—, la falla tectónica se ve inmediatamente acompañada, en la retórica de ciertos movimientos zelotes, por una supuesta fractura moral. Por lo tanto, ¿qué hay realmente detrás de este reflejo? Entre el análisis racional de las crisis y la persistencia de mitos escatológicos, la instrumentalización política y religiosa del infortunio cuestiona nuestra relación moderna con el caos. ¿Cómo es posible que una catástrofe geológica o sistémica termine leyéndose como un veredicto divino, a riesgo de condenar con las palabras a aquellos mismos a quienes la naturaleza ya ha golpeado?
Si la lectura punitiva de las crisis ha atravesado los siglos, su resurgimiento actual hunde sus raíces en una mutación sociológica de gran calado, de la cual América Latina ofrece uno de los laboratorios más impactantes. El paisaje espiritual del subcontinente se ha transformado profundamente en las últimas décadas, marcado por el retroceso histórico del catolicismo romano en beneficio de una expansión fulgurante de los movimientos evangélicos y neopentecostales.
Esta recomposición no responde únicamente a una evolución de la piedad íntima, sino que acarrea un corpus teológico rígido y una relación belicosa con el mundo secular. En primer lugar, un literalismo bíblico intransigente lleva a estos movimientos a exhumar claves de lectura ancestrales. En las Escrituras, los malestares de los pueblos se describen a menudo como la retribución directa de su infidelidad o de la corrupción de sus élites. Transponer esta lógica al mundo contemporáneo constituye un automatismo hermenéutico implacable: la prosperidad se interpreta como la gracia concedida a los justos, mientras que la crisis —ya sea financiera, de seguridad o ecológica— se convierte en la prueba irrefutable de una ruptura en el pacto moral que une a la nación con el Cielo.
Por consiguiente, estos movimientos se erigen en punta de lanza de las «guerras culturales». Frente a las transformaciones sociales, la laicidad constitucional o la emancipación de los derechos de las minorías, una franja radical de estas esferas evangélicas ya no percibe los cambios de la sociedad como simples debates democráticos, sino como una sedición abierta contra el orden divino. La decadencia deja de ser el fruto de una coyuntura histórica o política compleja para convertirse en el producto viciado de los «pecados colectivos» de la comunidad. El mal nacional —ya sea la quiebra del Estado o la furia de los elementos— se transforma así en una advertencia metafísica, que exige a las poblaciones un acto de contrición bajo la férula de nuevos profetas autoproclamados.
Cuando un drama de gran envergadura azota a una población, la ciencia ofrece un marco de lectura medible y racional. Ante la brutalidad de un terremoto —como los sismos devastadores que sacuden periódicamente los departamentos andinos y la región del Pacífico en Colombia—, la sismología analiza con precisión la fricción de las placas tectónicas. Sin embargo, bajo el impulso de figuras autoproclamadas proféticas o de círculos rigoristas ávidos de inflamar las redes sociales, la sacudida telúrica se desvía de inmediato de su cruda realidad para convertirse en la sentencia de un castigo celestial dirigido.
Este relato maquiavélico inflige entonces una terrible «doble pena» a las poblaciones damnificadas. En el preciso instante en que estas comunidades de luto necesitan con urgencia solidaridad material, asistencia humanitaria y un impulso colectivo para remover los escombros, sufren una violencia simbólica insidiosa. Las víctimas se ven abocadas a responder por supuestos pecados colectivos o por la supuesta desviación moral de sus conciudadanos, como si el derrumbe de su hogar fuera la justa retribución de su infortunio espiritual.
Detrás de la conmoción y de la angustia psicológica que cultiva, esta instrumentalización obedece a una estrategia de sujeción implacable. Al agitar el espectro terrorífico del apocalipsis y de la cólera divina frente a las fragilidades del terreno, estos movimientos transforman el desasosiego existencial en una palanca de influencia política y social. El caos deja de ser un mero sufrimiento: se esgrime como la prueba rotunda de que es necesario someter a la sociedad civil a un orden dogmático estricto, logrando así un dominio ideológico cínico sobre poblaciones arrojadas a la intemperie.
Reducir las crisis sistémicas, los sobresaltos políticos o los dramas geológicos a la cólera arbitraria del Cielo ofrece la ilusión falaz de claridad en un mundo incierto. Esta clave de lectura mágico-religiosa tiene el poder de calmar el espíritu al sustituir lo absurdo o lo azaroso del caos por un orden moral, por implacable que este sea. No obstante, comete una doble felonía: por un lado, borra toda responsabilidad humana, material y estructural en el origen de las catástrofes; por el otro, convierte el sufrimiento de las víctimas en un instrumento de sumisión dogmática.
Frente a los retos contemporáneos, ya sean climáticos, sociales o geopolíticos, la persistencia de estos discursos evidencia una paradoja inquietante. La época moderna, a pesar de sus conquistas científicas y de su barniz de secularización, no ha logrado despojar al mundo de su halo mágico; a menudo se ha limitado a cambiar la complejidad de lo real por nuevas formas de fatalismo moral. Cuando la tierra tiembla o las naciones vacilan, el verdadero peligro no reside en la supuesta cólera de los cielos, sino en nuestra propia propensión a claudicar ante las sirenas del simplismo y de la culpabilización.
(1) Nota metodológica: Este artículo moviliza un enfoque pluridisciplinario que combina la sociología de las religiones (para examinar la expansión evangélica y neopentecostal), la antropología cultural (en lo referente al sentido universal conferido al caos) y la ciencia política (para analizar la instrumentalización estratégica del miedo y de las «guerras culturales»).
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