Publié le 23 Septembre 2026
Por Mario Scolas, Last Night in Orient
Miércoles, 23 de septiembre de 2026 — 16:59 (CEST)
¿Y si la biblioteca más grande del mundo se hubiera edificado en gran parte a costa de quienes escriben? Se suele presentar a Wikipedia como una catedral del saber surgida de una voluntad espontánea. Un milagro digital en el que el conocimiento se autogeneraría por arte de magia y de clic. Sin embargo, tras este escaparate se esconde una realidad mucho menos lustrosa: una profunda deshonestidad intelectual y la fabricación de este célebre milhojas anónimo ensamblado sin pudor alguno.
Cierto es que, para una consulta rápida o una búsqueda inmediata, la plataforma ha sabido imponerse como una herramienta práctica. Pero, si se examina de cerca, no se ha construido mediante una escritura original. Al escrutar su maquinaria, la reescritura suele brillar por su ausencia: en ella encontramos las estructuras y formulaciones de manuales u obras preexistentes.
Entre los códigos de conducta teóricos y la realidad práctica de una plataforma abierta a todos los vientos, el abismo es inmenso. El verdadero escándalo radica en ver cómo estos textos, usurpados a autores que han trabajado de verdad, son propulsados a la cúspide de la visibilidad mundial por la todopoderosa fuerza de los algoritmos de búsqueda. Estos últimos imponen dichos contenidos como un peaje obligatorio, aplastando las fuentes originales en beneficio de una exposición máxima concedida a una autoría en el mejor de los casos difusa, y en el peor, robada.
Para convencerse de ello, basta con consultar los artículos de la propia especialidad de uno. El barniz se viene abajo de inmediato: la redundancia, la copia y la mala redacción se acumulan en un auténtico milhojas textual. Se trata de un pastiche indigesto, lastrado por giros híbridos —a veces cercanos a una pésima traducción literal que evoca un «chino de pacotilla» mal desbastado—.
Peor aún, cuando uno intenta enderezar el rumbo, topa con esos «pequeños colaboradores» de Wikipedia: usuarios entusiastas que carecen por completo de formación académica y actúan como auténticos pesados (fâcheux). Armados de sus certezas y atrincherados tras una burocracia quisquillosa, se permiten corregir, censurar o rechazar aportaciones fácticas con un rigor puramente robotizado, prefiriendo la norma burocrática absurda a la verdad científica. Dicha acumulación de aproximaciones no puede constituir una enciclopedia.
Por el contrario, cuando uno acude a grandes obras de referencia como la Encyclopædia Universalis, la Encyclopædia Britannica o a colecciones de monografías divulgativas de bolsillo (como las de Alianza Editorial), este problema se desvanece por completo. Estas publicaciones monográficas, redactadas por especialistas consagrados, ofrecen una coherencia y un rigor ejemplares. En ellas resalta la impronta de un autor preciso, un estilo elegante y un verdadero pensamiento rector. Es la firma de la inteligencia humana frente a estos milhojas de baratillo.
En el mundo de la escritura, la creación tiene un rostro. Cuando un autor aborda un tema, plasma en él su esfuerzo y su estilo. Defiende con orgullo su obra porque firmarla implica asumir su responsabilidad y su reputación.
En Wikipedia, el sistema opera de manera inversa. Al amparo de un seudónimo o de una simple dirección IP, cualquiera puede verter el trabajo ajeno en un terreno común y opaco donde nadie es responsable de nada. Nadie ha «escrito» la enciclopedia en el sentido noble del término: en ella se recopila, se compila, se trasvasa. Arrogarse el monopolio del saber eximiéndose al mismo tiempo de los derechos de autor constituye una quiebra fundamental de la probidad.
En una época en la que el entorno digital conforma el pensamiento colectivo, urge rehabilitar el valor sagrado de la creación. La comodidad de una herramienta de consulta no puede borrar el hecho de que el conocimiento no es un bien sin dueño, saqueado al hilo del corta y pega y blanqueado por el anonimato de una plataforma.
Reivindicar la verdad significa respetar a quienes estructuran los hechos y los firman con su nombre. Frente a la maquinaria anónima de la web colaborativa, es hora de recordar que una verdadera enciclopedia no puede prescindir del respeto a los autores.
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