Publié le 6 Octobre 2026
Por Mario Scolas para Last Night in Orient — 6 de octubre de 2026
La ola de austeridad que azota a Molenbeek-Saint-Jean —afectando sucesivamente a la administración, el CPAS, el registro civil, la Misión Local y Molenbeek Formation— deja al descubierto un profundo fallo sistémico. Más allá de las cifras macroeconómicas, lo que se está rompiendo en el corazón del municipio es el vínculo esencial entre el ciudadano y el Estado. Entre unos servicios de registro civil paralizados, un laberinto formativo ineficaz y un incesante cruce de acusaciones políticas, la situación ha llegado a un extremo crítico.
El mal funcionamiento de la atención primaria en Molenbeek ya no es una simple molestia, sino una auténtica denegación de servicio público. Conseguir una información básica se ha convertido en una odisea. La incapacidad crónica para contactar con las oficinas por teléfono o para obtener respuesta por correo electrónico se suma a unos plazos absurdos, como esos seis meses de espera necesarios simplemente para conocer la documentación exigida de cara a un matrimonio con una persona extranjera.
Lo más grave es que este bloqueo se prolonga en el tiempo: tras un primer intento fallido iniciado ya en 2022, chocar hoy de nuevo con el mismo muro burocrático roza el menosprecio institucional. La brecha entre la comunicación oficial del municipio y la realidad de la ventanilla resulta intolerable. Recibir un correo electrónico oficial que insta a presentarse para fijar una fecha de boda, para que una vez allí te digan que "ni mucho menos se está en ese punto", pone de manifiesto una falta pasmosa de rigor y competencia en la plantilla. Ante esta dejadez reiterada, el ciudadano queda totalmente desamparado, obligado a cargar con las consecuencias de una administración ineficaz mientras sus proyectos de vida se ven paralizados año tras año.
Este mismo divorcio del servicio público se aprecia en el acceso al empleo. La experiencia de muchos demandantes de trabajo ilustra una pesadez burocrática absurda: para conseguir una formación básica (como el dominio de Excel) en una estructura como la Misión Local, el camino tropieza con trabas laberínticas que obligan a pasar obligatoriamente por centros de barrio intermedios, sin la menor garantía de éxito.
Este aislamiento evidencia una alarmante falta de coordinación entre los operadores sobre el terreno. Además, cuando existen planes de inserción (como los artículos 60 o los contratos PTP), actúan con demasiada frecuencia como meras puertas giratorias de la asistencia social. Estos dispositivos temporales vacían de forma artificial las listas de espera de los CPAS, pero rara vez desembocan en una integración duradera en el mercado laboral ordinario, dejando a los trabajadores sin perspectivas de estabilidad.
Ante este deterioro diario, el espectáculo que ofrece la clase política resulta exasperante. Es el clásico juego de echarse la pelota unos a otros, un diálogo de sordos en el que cada partido elude sus responsabilidades presupuestarias entre el Municipio, la Región y el Estado Federal.
Sin embargo, esta disputa partidista no es en absoluto el problema del ciudadano. A este último le importa poco qué nivel de la administración deba asumir la culpa: lo que exige es que las oficinas respondan al teléfono, que los expedientes de matrimonio o de empleo se tramiten con eficacia y que los servicios públicos funcionen como es debido.
La solución no pasa por recortes presupuestarios ciegos ni por mantener un inaceptable statu quo, sino por un cambio institucional valiente: la fusión completa de los municipios bruselenses en una entidad unificada bajo un paraguas regional.
Este modelo debe sustentarse en dos pilares indispensables:
- Una administración central modernizada y estricta, que establezca normas claras, plazos de respuesta garantizados (especialmente en el registro civil) y un nivel de exigencia profesional irreprochable para su personal.
- Distritos administrativos de proximidad gestionados por administradores neutrales, libres de rencillas locales, para garantizar la eficacia en la atención directa a los ciudadanos.
La crisis que atraviesa Molenbeek es la señal de alarma de un sistema agotado. Para que el lema de "las personas primero" no quede reducido a una frase vacía, Bruselas debe derribar las fronteras artificiales de sus 19 municipios, enterrar las excusas de los políticos y ofrecer por fin a los ciudadanos el respeto, la dignidad y la eficacia pragmática que tienen todo el derecho a reclamar.
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