Publié le 14 Septembre 2026
Por Mario Scolas, Last Night In Orient, el 14 de septiembre de 2026.
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« Se puede protestar contra la maldad, se puede desenmascarar, se puede incluso combatir por la fuerza... pero contra la estupidez estamos indefensos. »
— Dietrich Bonhoeffer (Resistencia y sumisión)
Al formular esta advertencia en plena tormenta, el teólogo y resistente alemán describía cómo la ceguera y el conformismo podían apoderarse de una sociedad entera. Veinte años después del advenimiento de las redes sociales, esta intuición adquiere una resonancia casi clínica. En plataformas como Facebook, el principal escollo no proviene únicamente de intenciones maliciosas, sino de una mecánica mucho más insidiosa: la ineptitud lógica erigida en norma colectiva.
Al intentar observar y desentrañar la actualidad bajo la lupa de la lógica formal, uno tropieza inevitablemente con un muro. Entre la neolengua institucional, los ataques ad hominem y los sofismas groseros esgrimidos como verdades absolutas, se impone una evidencia: en las redes sociales, muchos no razonan realmente, sino que hacen ruido estéril.
¿Qué es, pues, este pensamiento de « cacerola »? Es ese estrépito intelectual que genera un enorme revuelo, agita emociones a mansalva y suena hueco ante el menor análisis riguroso, negándose obstinadamente a guardar silencio. Frente a este bullicio, la argumentación racional resbala sin efecto. Porque para el polemista de mala fe o el troll prisionero de sus sesgos, el sofisma no es un accidente de recorrido: es un arma de simplificación, un reflejo tribal en el que se repiten en bucle falsedades sin el menor atisbo de demostración.
Hacer una labor pedagógica directamente bajo las publicaciones virales se convierte, por tanto, en un sacerdocio inútil. Intentar responder con silogismos a alguien cuyo único objetivo es dar la vuelta al tablero solo produce un efecto perverso: encerrar al interlocutor en una postura agresiva para salvar las apariencias. Es precisamente aquí donde la higiene digital se convierte en una necesidad vital. Bloquear a los trolls no responde a la censura, sino a la protección intelectual. Por muy ruidosa que sea la calle digital, no nos obliga a dejar la puerta de casa de par en par.
Sin embargo, rechazar estos combates estériles no significa en absoluto abdicar. Más bien al contrario. Tras años de escritura a través de un blog seguido por millones de lectores, una certeza permanece: detrás del estruendo orquestado por los algoritmos, existe una inmensa mayoría silenciosa. Observa, lee y busca reencontrarse con el aire fresco de los matices.
Ese es precisamente el sentido de un espacio de pensamiento estructurado: poner palabras precisas, desmontar los mecanismos de manipulación y rechazar la dictadura de la emoción instantánea. Las conversaciones prolongadas, las charlas telefónicas entre amigos y las propuestas de reflexión constructivas nos recuerdan que la verdadera inteligencia solo pide nutrirse en cuanto se le ofrece un terreno limpio.
En plena era de la desinformación de masas, mantener viva la exigencia del rigor en medio del concierto de las cacerolas es un acto de resistencia permanente. A fin de cuentas, la verdad nunca depende de los decibelios, sino de la solidez de la estructura. Y frente al estrépito, la claridad siempre acaba dejando huella.
Y usted, ¿cómo preserva su propia burbuja de claridad en el día a día?
- BONHOEFFER, Dietrich. Resistencia y sumisión: cartas y notas de cautiverio. Edición establecida por Christian Gremmels, Eberhard Bethge y Renate Bethge; completada por Ilse Tödt. Barcelona: Editorial Trotta, 2005.
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